miércoles, 12 de abril de 2017

Entendiendo los movimientos de una sinfonía como los actos de un relato: La sinfonía "Heroica" de Beethoven.

A principios de 1804 en Viena, Austria, Beethoven completó su tercera sinfonía.  Un año después fue estrenada en la academia musical del 7 de Abril de 1805 en el Theater an der Wien.  Sin embargo, el trabajo creativo detrás de una de las piezas musicales más radicales de la historia del arte occidental, data de 1800-01 cuando Beethoven compuso la música incidental para el ballet "Las Criaturas de Prometeo" y debió medirse en un duelo al piano con Daniel Steibelt.  Cómo la música para un ballet terminó convirtiéndose en su trabajo más significativo hasta esa fecha y qué nos quiere decir su compositor en los cuatro movimientos de tan masiva sinfonía.  Cómo escribió Beethoven su propio relato.




















Cuando la escuchas en vivo se te paran los vellos de los brazos y de la nuca.  Es casi imposible desviar la mirada de la orquesta ni de su conductor.  Cada uno de los músicos concentrados en la partitura frente suyo sobre el atríl dando todo de sí, el conductor respirándoles en el cuello con su tempo y sus indicaciones sobre la interpretación de cada sección dentro de cada movimiento.  Existen variados documentales y presentaciones como ésta (en inglés) sobre la sinfonía conocida como "Heroica" en la que conductores de orquestra como también músicos nos guían en el camino musical de esta obra, desde el punto de vista de quienes estan en primera fila interpretándola y sintiendo el peso de la responsabilidad sobre los hombros de hacer un trabajo excelente y prolijo. Otros muchos reportajes nos cuentan del esfuerzo casi sobrehumano que los trabajos sinfónicos escritos por Beethoven suponen para ellos.  Concentración máxima y extenuantes sesiones de ensayos para absorber la visión del conductor, el "Cuentacuentos" de un trabajo conceptual como lo es el formato de la sinfonía, uno que, en la mayoría de las veces, no cuenta con texto alguno que nos ayude a comprender con palabras lo que el compositor estaba tratando de decir. 

La historia de la tercera sinfonía de Beethoven es una de contexto político ajetreado, cocinando la revolución a unos miles de kilómetros al oeste de la capital de imperio Austro-hungaro, en París, Francia.  Desde territorio francés llegaban las noticias a tierras germanas sobre la empresa del cónsul y general de las tropas francesas, Napoleón Bonaparte, y su lista negra de aristócratas cordialmente invitados a poner sus cabezas debajo del filo de la gilliotina. Tanto en la ciudad natal alemana de Beethoven, Bonn, como en la capital austriaca, Viena, la inquietud e incertidumbre comienza de a poco a adueñarse de las conversaciones de la clase social soberana del gran imperio, los aristócratas quienes, paradójicamente, eran hasta entonces el mayor público de la música de Beethoven y a su vez, sus mayores benefactores.  La historia de esta sinfonía es también una personal, la de su compositor. 

Ludwig van Beethoven nació en una familia de clase plebeya en Bonn en el último tercio del siglo XVIII.  Desde temprana edad aprendió su lugar en la sociedad, uno que no era distinto al de su padre tenor de la Corte, Johann van Beethoven.  En la adolescencia Beethoven trabajó como organista y violinista en la orquestra de la Corte de Bonn, esos años formativos como músico de orquestra no solo le permitieron familiarizarse con las fortalezas y limitaciones de cada instrumento, cada matiz del que eran capaz, cosa que se quedaría para siempre almacenada en su memoria interna y de lo que en unas decadas más adelante utilizaría como compositor sordo; sino que también le permitió percatarse a tan tierna edad de las diferencias sociales y del menospreciado oficio del músico.  No es difícil imaginarse al joven Beethoven tocando el violín como parte de la orquestra de la Corte de Bonn mientras por encima de su partitura iluminada por cientos de velas, veía a aquellos soberanos provenientes de familias aristócratas conversando a voz alzada, riendo a carcajadas, emborrachandose, flirteando, discutiendo acaloradamente.  Nadie de los presentes prestaba atención a la música que con tanta precisión y dedicación se estaba interpretando en sus propios salones.  Debe haber sido en esos años que nació en él la necesidad imperativa de elevarse por encima del músico de orquestra asalariado hasta convertirse en un "poeta de sonido" como a Beethoven mismo le gustaba definir su profesión, educar al público a punta de pataletas dignas de divo a callar cuando él interpretara su música.  A demandar nada menos que el mayor y más grandes de los respetos por su arte y al mismo tiempo, aborrecer a esa clase social a quienes se les permitían todo tipo de libertades y violaciones.

Representación de Beethoven improvisando en el piano.


La historia detras de la sinfonía "Heroica" cuenta el renacer del compositor desde las cenizas, luego de haber ardido en las llamas del infierno terrenal.  La manera en que Beethoven se estableció como pianista virtuoso y compositor emergente en sus primeros diez años en Viena guarda algunas similitudes con aquella cruel escena de "Django Desencadenado" de Quentin Tarantino, en la que dos patrones de fundo ponen a pelear a muerte a sus mejores y más fuertes esclavos.  Quizás una exageración, pero las soirée musicales de la alta alcurnia eran el campo de juego donde músicos emergentes se medían con sus pares en una competencia de virtuosismo cuán duelo a muerte, todo patrocinado y organizado por los mecenas aristócratas de cada uno y para el deleite y entretención del selecto público presente.  El mayor mecenas de Beethoven en esos años fue el príncipe Karl von Lichnowsky, quien no solo lo llevó de gira por Europa en 1796 como su protegido virtuoso del piano, sino que también abrió las puertas de las familias más adineradas e influyentes del Imperio para el músico oriundo de una provincia de Alemania.  No fueron pocos los músicos que tuvieron la mala fortuna de competir con Beethoven en una batalla de improvisaciones en el pianoforte y viéndose trasquilados, debieron retirarse con la cola entre las piernas para nunca más atrevese a desafiarlo.  Todos salían ganando, el príncipe proveía a su círculo social de entretenimiento musical en sus salones, el público era testigo de impresionante atletismo musical en forma de sesiones de improvisación y cada vez que Beethoven salía airoso de estas veladas musicales, ganaba más adeptos y se consagraba como el virtuoso indiscutido de Viena.  Hasta el día que se topó con Daniel Steibelt.  El compositor alemán oriundo de Berlín llegó a Viena en 1800 con reconocimiento ganado por su propio derecho.  Una de sus marcas registradas era el llamado "efecto tormenta" que no era otra cosa que tocar repetidamente una o dos notas en el teclado creando una cortina de sonido que emulaba un relampago.  La noche en la que Steibelt compitió con Beethoven, el músico de Berlín fue patrocinado por el príncipe Lobkowitz mientras Beethoven, por su mecenas el príncipe Lichnowsky.  Fue el turno de Steibelt para dar el puntapié al duelo musical y no dudó en usar y abusar de sus efectos tremolo en el pianoforte, que le regalaron aplausos y ovaciones de los presentes.  Luego fue el turno de Beethoven quien, refunfuñando y de mala gana se dirigió al piano, agarró la partitura de su competencia, la dio vuelta patas para arriba y con un dedo martilló en el teclado las notas originalmente escritas en la llave de Fa, pero dadas vueltas Beethoven las leyó como redistribuidas en la llave de Sol.  Sobre ese motivo musical banal fue que el compositor de Bonn improvisó y no dudó en ridiculizar las famosas "tormentas" de Steibelt.  Se dice que las improvisaciones al pianoforte de Beethoven tenían siempre una duración que sobrepasaba la hora, por lo que quizás en esta oportunidad no fue distinto.  Steibelt se retiró humillado y prometió nunca más poner un pie en Viena mientras Beethoven viviera allí.  Cumplió su palabra.

Eso en el plano profesional.  El plano personal en estos años, al borde de sus treinta, está marcado por el avance despiadado de su sordera.  Luego de la vuelta a Viena de su gira por Praga, Dresden, Leipzig y Berlín en la primavera-verano de 1796, Beethoven, entonces de veinticinco años, cayó enfermo en cama sufriendo una fiebre fulminante.  En algún momento del verano y otoño del mismo año debe haberse recuperado, pues en Noviembre de aquel año se embarcó en otra gira.  Es desde este punto en adelante que sus acúfenos, migrañas y constantes dolores en sus oídos comienzan.  Para 1801 se cree que Beethoven había perdido un sesenta por ciento de su audición.  Más allá de obligarlo a reconsiderar su carrera como virtuoso del piano, el mayor dolor que parece aquejarlo al punto de sumirlo en una profunda depresión en el verano de 1802, es el aislamiento de toda compañía humana.  En el conocido "Testamento de Heiligenstadt", Beethoven confiesa a sus hermanos la cruz que hace años lleva a cuestas, sus pensamientos suicidas, lo mucho que le hiere el prejuicio de los demás cuando lo ven ignorarlos o no aceptar invitaciones a eventos sociales.  Se describe como una persona naturalmente gregaria y amigo de las tertulias, pero confiesa su pavor a ser descubierto como un músico emergente quedandose sordo por lo que justifica así su aislamiento de reuniones sociales y reduce en este tiempo el contacto social a lo más minimo y necesario.  Sin lugar a dudas esta limitación lo afecta también como hombre.  En 1799 contrae matrimonio la mujer que muchos biografos y musicólogos consideran la destinataria de la carta a la "Amada Inmortal", la condesa Josephine von Brunsvik.  A los tiernos diecinueve años su madre la obliga a contraer matrimonio con el conde Joseph von Deym, veintisiete años mayor que ella.  Beethoven, hasta entonces profesor de piano de ella y su hermana, la condesa Therese von Brunsvik, debe tragarse las lágrimas y hacer la vista gorda a la realidad: un plebeyo como él no podría nunca pretender a una aristócrata como su amada Josephine, no bajo el regimen de monarquías imperante hasta entonces en Europa.

La condesa Josephine von Deym


El motivo musical del último movimiento de la sinfonía "Heroica" proviene del homónimo de la música escrita por Beethoven para el ballet "Las Criaturas de Prometeo" en 1801.  En los años 1801-02 Beethoven parecía no poder olvidar ese motivo musical de la partitura al revés de Steibelt sobre el que improvisó esa noche en los salones de su mecenas.  Tanto así que el finale de la música para el ballet es una versión orquestada de sus variaciones para piano sobre el mismo motivo.  En el final de la tercera sinfonía Beethoven nos revela la génesis de su trabajo.  No solo basado en una improvisación cualquiera provocado por un insolente que se atrevió a desafiarlo, no solo una versión más soberbia de la música incidental para un ballet.  Beethoven se establece en contra de todos los obstaculos y propios pronósticos, en un compositor capaz de crear un trabajo de la embergadura de una sinfonía tomada de un motivo cualquiera.  Beethoven fue uno de los hijos de la Ilustración europea de fines del siglo XVIII y como tal, estaba a tono con la revolución que había comenzado en París para destituir de sus posiciones de poder a los monarcas y sus aristócratas.  En "Heroica" Beethoven nos cuenta en cuatro actos, su apoyo original a la figura de Napoleón en Europa y lo que su revolución estaba significando para rearmar el mapa del continente barriendo así con la aborrecida burguesía, pero al haber sabido de la noticia de la conoración como Emperador del general francés, la rabia y decepción de Beethoven fue tal, que rasgó con el filo de un cuchillo el nombre del otrora cónsul francés de la primera página del manuscrito de la partitura como dedicación original.  Pasó entonces a llamarse "a la memoria de un gran hombre".  El heroismo que escuchamos en cuatro movimientos quizás tengan algo que ver con los ideales de la revolución francesa en los cuales Beethoven tanto creía y tanta fé hubo depositado, sin embargo termina convirtiéndose en el relato de un hombre y su destino adverso.  Cómo Beethoven renació de las cenizas aceptando su creciente sordera y su nueva posición como artista, debiendo de a poco comenzar a despedirse de los escenarios para encontrar nueva identidad como músico meramente en el trabajo composicional.

Coronación de Napoleón Bonaparte el 2 de Diciembre de 1804 en la catedral de Notre Dame de París.

Primer Movimiento




Antes que todo Beethoven nos hace callar con dos acordes como dos bofetadas para prestar atención sin chistar.  Y luego nos pone en contexto.  Como una cámara desde el cielo, las primeras barras de este movimiento se van de a poco acercando a la realidad de nuestro héroe, sea Napoleón, Beethoven,  Europa o incluso el mismo oyente.  Nos cuenta de todo lo que está en juego y las pocas opciones que quedan.  Nos muestra también cuán obstinado nuestro héroe es, y cómo ve la realidad a su alrededor, una de muchas posibilidades pero amenazada por las constantes sombras de algo que se insinua como amenazante en la lontananza y expresada por armonías en tonalidades menores y disonancias.

Segundo Movimiento




Beethoven mismo le dió el título de "Marcha Funebre".  Algo ha muerto, quizás en su sentido más etimológico de la palabra, como también es el cambio a otro estado el que presenciamos en este funeral que nos drena la energía.  Beethoven se pregunta las interrogantes que lo más probable lo mantuvieron noches y noches en vela durante esos últimos seis o siete años desde la aparición de los primeros síntomas de sordera.  Preguntas que dan vueltas como un círculo vicioso sin respuestas en una Fuga que demanda toda nuestra vitalidad y nos deja extenuados y vacios.  Luego la pompa funebre se pone en marcha, la vemos avanzar a paso lento pero seguro a su último destino.  No hay más vuelta que darle.

Tercer Movimiento




Nos secamos las lágrimas y nos sonamos la nariz. El llanto de la noche anterior queda atrás y hoy es un nuevo día.  Es hora de poner manos a la obra, tenemos en nuestras manos la respuesta.  La única solución es avanzar hacia adelante y no mirar atrás.  Los engranajes del motor de nuestros planes son representados por las cuerdas que llevan un ritmo insaciable como máquina imparable que arrasa con todo.  Nos sentimos invencibles.

Cuarto Movimiento




El artista al desnudo.  Luego de una introducción pomposa y soberbia que pretende hacernos prestar atención al igual que esos dos acordes con los que abre el primer movimiento, Beethoven nos presenta el motivo musical que no ha podido sacar de su cabeza por los pasados cuatro años, el cual incluso utilizó para los 12 Contredances para Orquestra WoO 14 compuestos a comisión para los salones de baile de Viena a comienzos del siglo XIX.  Las mismas notas que esa noche tocó de la partitura dada vuelta de Daniel Steibelt y martilló en las teclas del pianoforte burlándose de tan vulgar melodía.  Beethoven la convierte aquí en una presentación de sí mismo, se para detrás del podio y toma la batuta para demostrar su poderío indiscuble como artista y músico, el mejor, capaz de hacer del conjunto de notas más ordinario la sinfonía más trascendental.  Hacia el final de este movimiento casi pareciera que Beethoven nos agradece por haber escuchado su desahogo y cierra su trabajo con fuegos artificiales, haciendo una reverencia al público y cerrando las cortinas.


El primer ensayo de la tercera sinfonía de Beethoven se llevó a cabo en los salones del príncipe Lobkowitz (a quién Beethoven terminó dedicando la sinfonía) en el verano de 1804.  La recepción de este trabajo por la opinión pública fue diversa.  Se cree que Joseph Haydn, el padre del formato de sinfonía y quien fuera su profesor en los primeros años de Beethoven en Viena, dijo que era un trabajo demasiado largo y bullicioso.  En el estreno de la sinfonía para el público el 7 de Abril de 1805 en el Theater an der Wien, se dice incluso que desde la galeria se escuchó a alguien gritar "¡Pagaría un ducado para que termine ahora!"  Al terminar el concierto Beethoven, quien había dirigido la orquesta, se fue del escenario sin despedirse del público.  Las críticas que le siguieron se dividieron entre aquellos que la consideraban una obra maestra no apta para las mentes pequeñas y que solo con los años sería apreciada debidamente, y los que creían que, de seguir este camino, el compositor tendría que despedirse de los éxitos para los públicos masivos.  Con una duración que oscila entre los cuarenta a los cincuenta minutos de principio a fin, la tercera sinfonía de Beethoven debe haber demandado un tipo de atención y concentración al cual el público de la época simplemente no estaba acostumbrado.  Hasta entonces la sinfonía más larga era la "Jupiter" de Mozart con unos cuarenta minutos de duración.  La "Heroica" con sus ritmos sincopados, constantes cambios entre tonalidades menores y mayores, disonancias y Fugas debe haber sido increíblemente compleja de abordar, digerir y escuchar.  Una mazamorra de ideas dichas con la mayor precisión de la cual Beethoven hasta entonces era capaz.

Si hay una manera simple de describir esta descomunal sinfonía, sería decir que se acerca a una catarsis necesaria con la cual el compositor trató de exorcisar una etapa de su vida.  Luego de cinco años viviendo con el mismo motivo musical, la base del tema de Steibelt dado vueltas e incluído en los más diversos trabajos de distintas embergaduras durante ese período, Beethoven debe de seguro haber experimentado algo así como el efecto "Thruman Show" luego del cierre de su concierto estreno esa primavera de 1805.  A través de cuatro movimientos nos contó cómo se sintió la vida para él durante esos años, los primeros del nuevo siglo, los primeros de su tercera década de vida, los primeros asimiliando su nuevo estatus de compositor alejado de los escenarios como primera fuente de dinero.  Años en los que su mayor héroe político quien encarnaba en sí los ideales de la Ilustración, defraudó a todos quienes creían en él cuando se coronó Emperador de Francia.  Beethoven cierra el capítulo y da vuelta la página y nos deja de regalo para la posterioridad su relato.



  

 

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