miércoles, 10 de mayo de 2017

Ser trilingüe: Viviendo en tres mundos distintos.

Hace un poco más de diez años atrás me regalaron un diccionario holandés-español español-holandés de bolsillo.  En la tapa la dedicatoria escrita decía algo así como "un nuevo idioma crea nuevo conocimiento, conocimiento que puedes aplicar para crear entendimiento en un nuevo mundo.  Al entender mi idioma, entiendes la sociedad de la que vengo y me puedes conocer mejor".  Tiempo después seguí un curso de holandés y me casé con quien me había regalado ese diccionario.  Pero no terminamos viviendo en su país, sino que al otro lado de la frontera este: Alemania.



Cuando existe una razón afectiva para aprender un idioma nuevo, por raro que sea, es por sí una motivación y motor que te impide tirar la toalla.  La otra motivación es la mera necesidad.  Alemania, a diferencia de Holanda, dobla la gran parte de su programación televisiva al alemán y es un milagro encontrar naturales que dominen el inglés.  Como mi primer profesor de alemán una vez me dijo "los alemanes somos demasiado idiotas para escuchar un idioma y leer otro al mismo tiempo".  El país te obliga a quebrarte la cabeza para incrustarte el idioma por los poros hasta que te salga natural.  Luego de diez años viviendo por estos lados y una seguidilla de cursos y exámenes del idioma aprobados me alegro de haber sentido esa presión inicial por aprender el alemán a como de lugar.

El inglés es casi un idioma por defecto para mi.  Lo aprendí sola durante los años del colegio y nunca ha sido un tema.  Es raro.  Hasta el sol de hoy no he puesto un pie en algún país de habla inglesa.  En el colegio ayudaba a mis compañeros con las traducciones, en la universidad las vendía.  Por lo mismo en casa el idioma que hablamos mi esposo holandés y yo es, de hecho, el inglés.  Luego el español, que ha ido acrecentando con los años al yo sentirme menos idiota al hablarle en mi manera tan chilena de expresarme.  En un principio mi esposo me quedaba mirando con el ceño fruncido y la cabeza ladeada, al día de hoy me puede responder mis tonteras con otras pachotadas que dice mi gente compatriota.  Qué orgullo.

Holandés y Alemán


Y en este panorama con tres idiomas en la cabeza, o al decir verdad, tres y medio, ya que el holandés lo entiendo a cavalidad y si me concentro, puedo entablar conversaciones también.  Pues bien, con tres idiomas y medio en la cabeza se me ocurre escribir una novela.  Al principio comenzé el primer borrador escribiendo en inglés, pues había sido siempre en este idioma que se me habían venido las ideas a la cabeza, los diálogos, la prosa.  Me lanzé a escribir y casi llegadas las cien páginas decidí parar e intentar escribirla en mi idioma materno.  No podía pretender seguir escribiendo sin prescindir de un par de ventanas de mi explorador abiertas con páginas de traductores y sinónimos y antónimos.  Algo me faltaba, esa cercanía filial con las palabras.  Al tratar de contar la historia en un idioma que si bien lo hablo hace quince años, no es el mio, existía entre los personajes y yo una distancia artificial, un surco difícil de llenar o sortear.  Pensé en reimaginar la historia en vez de traducir, ya que al traducirla podría haber llevado los vicios y hábitos propios de ese idioma al otro.  Fue solo cosa de reimaginarla en español y esa conexión con la historia que quiero contar y con mis personajes se manifestó haciendo fluir las palabras casi sin esfuerzo.  No hay que escavar muy profundo en el banco de memorias para conectar con esa fibra que lee las palabras en el idioma que te criaste.  Los primeros recuerdos, las primeras sensaciones del mundo alrededor, algunas incluso subconscientes, tus padres hablandote por primera vez, tu en tus primeros meses de vida balbuceando para tratar de imitar lo que la familia decía a tu alrededor.  Es ese el idioma con el que conectas, empatizas, cuentas un cuento, construyes vidas ficticias, sientes y haces sentir con las palabras.  Para escribir ensayos, informes, artículos de opinión y afines en un idioma extranjero, el límite es la competencia y dominio que se tenga en el idioma en particular más el conocimiento del tema a tratar.  Pero para sentir lo que estoy contando, para hacerte verlo e imaginarlo hasta traspasar el papel regalándote piel de gallina, una sonrisa, quizás una lágrima, debo expresarme en el idioma con el que fui criada.  Por algo se llama materno.

En el tour diario que hago por distintos blogs sapeando lo que otros escritores hacen, devorando los consejos sobre escritura creativa que tan generosamente comparten, leyendo las experiencias con su propio trabajo creativo, todavía no me he encontrado con algún otro escritor o escritora que escriba en un idioma y viva con otro el día a día.  Se hace un tanto complicado a ratos y puede ser limitante.  Es cuestión de mera suerte encontrar algún taller de escritura creativa o de literatura que sea en español viviendo en territorio alemán, por ejemplo.  Por otro lado está la trama misma de mi novela.  Como mencioné hace unas entradas atrás, escribo sobre Ludwig van Beethoven y ya solo con esa información se puede deducir que el idioma alemán está íntimamente ligado a la trama.  Han sido dos momentos claves en los últimos años en los que he agradecido al cielo, al destino, por haber terminado viviendo acá y haber aprendido alemán hasta un nivel universitario.  Primero como estudiante de canto lírico me ha beneficiado mucho para poder entender el gran repertorio en la literatura de la música clásica para mi registro de voz mezzo soprano.  Schubert, Schumann, Mozart, Bach, por nombrar algunos compositores, escribieron trabajos en alemán para mi registro de voz y es una satisfacción tremenda saber qué estoy cantando y poder pronunciarlo bien, poder sentir el significado de las palabras que canto.  Y la segunda vez ha sido toda la investigación que he hecho (y que todavía sigo haciendo) sobre absolutamente todo lo relacionado con Beethoven como también sobre su tierra natal, Bonn, y su ciudad adoptiva, Viena.  Escarbando en las profundidades de internet me he topado con libros de antaño digitalizados que cuentan sobre la capital de imperio Austro-Hungaro del siglo XIX, los textos son al principio difíciles de entender ya que fueron escritos con esa fuente tan llena de aristas, eso sumado a la falta de reglas ortográficas en el idioma alemán en esos años.  Pues con un dominio del alemán estándar y con mucha paciencia sí se pueden decifrar esos textos antiguos y acceder así a tan ricos relatos invaluables.

La biografía que en 1838 publicaron Ferdinand Ries y Franz Gerard Wegeler sobre Ludwig van Beethoven.
Esta edición es hoy publicada solamente por el Instituto de Musicología de la Universidad de Tübingen en Alemania.
Y no se toman la molestia de cambiar la fuente o de actualizar el alemán del siglo XIX en el que está escrito.


No sé cómo será el proceso creativo de otros escritores.  No sé si sueñan despiertos, si actuan escenas solos en casa para luego plasmarlas al computador en palabras.  No sé si se imaginan sus historias en un solo idioma en sus cabezas.  Quizás algunos dibujan los mundos ficticios que crean para así apoyar el relato en prosa con una imagen real, quizás otros mantengan diarios de vidas de cada personaje.  He leído de todo un poco en internet en este sentido.  Al vivir con tres idiomas en la cabeza, las ideas a veces se me vienen en uno o en otro de manera aleatorea.  Al entender los escritos de Beethoven sin el obstaculo de la traducción, entiendes cómo era que él se expresaba, o por lo menos tienes una idea vaga de cómo hablaba.  Debido a su limitado nivel de educación, los expertos dicen que el compositor hablaba como escribía y vice versa.  Subrayaba mucho, usaba refranes, juegos de palabras, bromas tontas.  A quien fuera su último secretario y mano derecha, el violinista Karl Holz (holz significa madera en alemán), solía referirse como "Excelentísimo Pedazo de Caoba" o "¡Excelentísima Astilla!  Más excelente madera de Cristo".  Beethoven solía bromear con el apellido de un músico de la orquesta con la que estaba ensayando la Misa Solemnis.  El director de coro se llamaba Franz Xavier Gebauer, y Beethoven lo molestaba llamandolo "Geh, bauer" que significa "ve, granjero".  Como estos, son muchos más los ejemplos que demuestran lo mucho que Beethoven amaba bromear con juegos de palabras, a veces a costas de sus propios amigos o colegas.  Todos estos matices se perderían en la traducción a cualquier otro idioma, de hecho ya el mismo acto de explicarlos les resta de gracia.  Es como explicar un chiste, una metáfora.

Hay mucho de ir aprendiendo mientas hago en el proceso del primer borrador de mi novela, y estoy disfrutando cada minuto de ello.  El sentimiento, la cercanía que se obtiene al expresarnos con nuestro propio idioma materno no tiene comparación.  No estoy diciendo que no se pueda escribir ficción que logre con éxito mostrar sin contar, hacer al lector empatizar, conectar con el personaje, invertir emocionalmente en su camino personal.  Quizás todo lo que me hace falta es un par de cursos y talleres de escritura creativa en inglés y pasar una temporada en Inglaterra para adquerir vocabulario del roce con las personas, la vida diaria.  Pero por ahora lo que funciona para mi es escribir en español.  El único idioma de los tres  y medio en mi cabeza, que menos hablo, pero en el que más escribo.

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